Así, de posteriores y frecuentes visitas nocturnas al lecho de la complaciente criadita en aquella gigantesca Villa junto al mar, empezó a nacer en el joven del Sur y a pesar suyo una familiar e irreprimible ternura por la muchacha y su frágil felicidad, además de una peligrosa tendencia a respetar su condición, o mejor, a compadecerla; peligrosa por cuanto había en ello de fraterno, de consanguíneo, de herencia de un determinado destino que, justamente, el Pijoaparte no estaba dispuesto a asimilar por nada del mundo. Sería tal vez excesivo afirmar que el muchacho estaba enámorandose: por aquel entonces se enamoraba de símbolos y no de mujeres. Pero indudablemente algo semejante (cierta natural inclinación a integrarse en una trama de referencias eróticas y afectivas que a menudo le proponía, pese a él, su reprimida bondad provinciana) estuvo a punto de producirse y, en consecuencia, de dar al traste con más altas y decisivas empresas del espríritu.
Ultimas tardes con Teresa. Juan Marsé
